Muchos se saben la historia: estaba aburrida en Bogotá, apareció una buena oportunidad laboral y después de una entrevista telefónica en Navidad, me despedí de mis amigos y llegué al DF.
No puedo decir que fue amor a primera vista – ya había estado en México antes y, la verdad, tuvimos un comienzo difícil. Sin embargo, como buen enamorado que aún guarda esperanzas, la ciudad me convenció con 1,290 motivos* (hasta hoy) para que la quisiera un día a la vez. Inteligente, supo jugar sus cartas: le mostró a la razón, primero, las posibilidades de lo que podría ser mi vida para después suspirarle al corazón olores, sonidos, imágenes y sobre todo, sabores totalmente encantadores. No hay marcha atrás cuando te conquistan de esta manera.
El 6º aniversario de esta decisión cae en una fecha simpática y curiosa, por decir lo menos: en 2012 – un año de transición que empezó particularmente enérgico, con 29 años y el Retorno de Saturno, el mismo día que empieza el Año Chino (con Dragón incluido como Sui Po para un Perro como yo). No voy a intensear con el análisis de significado, básicamente todo se resume en cambios – transformaciones- espacios para nuevos tiempos.
Volver a empezar, ese será el leit motiv para los días por venir. Voy a disfrutar el remolino inminente y dejaré que me lleve hasta donde tenga que ir; entenderé que llevo años pensando en millones de cosas y que ha llegado el momento de darle una tregua a mi cabeza; honraré el 23 de enero – el día en que dejé todo lo que quería, empaqué dos maletas y empecé de nuevo – para no olvidar que los cambios siempre traen algo bueno. Más que bueno: me trajo a esta ciudad que considero propia.
*Aquí encontrarán algunas de ellas: 30 razones para amar el DF.