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El amor en los tiempos… de la Influenza.

In Del amor y otros demonios on 30 abril 2009 at 6:20 am

Admitiré públicamente que El Amor En Los Tiempos Del Cólera es el libro que más trabajo me costó empezar. Soy una lectora entrenada, leo todo lo que pase por mis ojos y desde muy chiquita tengo la costumbre de comerme 50 hojas del libro que esté disponible en mi mesa de noche.

La historia de Florentino y Fermina se quedó guardada durante muchos años; no sé si por la confusión  que me generaban tantos personajes o por la incredulidad de ese amor que duraría tantos años bajo esas condiciones. Algo adicional, las palabras cólera y epidemia se oían lejanas, como la típica fantasía de ahora que estoy enferma, dime que me amas (sí, sí, soy de la generación de el-amor-es-trágico firmado por Corín Tellado!).

Ahora, en tiempos de desidia (y de Influenza) las historias como ésta adquieren un nuevo sentido. Dejemos de lado el aburrimiento, démosle importancia al sentido de lo efímero: recibí un mail inesperado, de alguien que no debió haberlo hecho, sólo porque pensó que podía estar infectada (“¿Estás bien? Dime que no has tosido, ni tienes fiebre…”).

¿Para qué? Pero sobre todo,  ¿por qué me afecta tanto? Sencillo; en el fondo tenemos el deseo infantil de la historia heroica en la que, cuando la tierra se parte en dos y estás a punto de caer por un barranco, llega Aquel a salvarte.   En la superficie, sabes que nunca va a pasar, porque no hay situaciones tan extremas como para que, en serio, necesites una salvación… y entonces está la Influenza. Y te escriben pidiendo que les confirmes que todo está bien, que “se morirían si algo malo te pasara”.

-Pues no, no te mueras, no he tosido ni estornudado, y por favor no me distraigas… estoy disfrutando del aburrimiento típico de los que nos tocó vivir en este momento de claustro obligado, haciendo planes para que las cosas empiecen a pasar porque sí, sin causas fantásticas o trágicas, y entonces no me toque esperar a que sea vieja y las almendras se hagan amargas para que pasen por mi puerta.-


La mejor forma de despedirse.

In Anotaciones personales on 27 abril 2009 at 5:47 am

Si conoces a alguien y te gusta, la despedida es la mejor forma de hacer que piensen en ti por un rato más… Y eso simplemente no se me da muy bien. Con este tema empiezo una serie de anotaciones mentales, que tienen el propósito de acordarme lo que toca hacer en ciertos casos, a la vez que, al ser público, me comprometen a, en serio, practicarlos.

Anotación personal No. 1: Sonríe, lo que digas, adquiere un sentido muy diferente.

Anotación personal No. 1B (editada el 30 de abril): no subestimes el poder de la segunda impresión (ni el de la tercera y subsiguientes). Son el momento perfecto para reirte de lo estúpida que fuiste en la primera despedida… y lograr más puntos que si te hubieras esmerado desde el principio. Al final, todo son simples detalles.

¿Qué es lo peor que te puede pasar?

In El cuarto de San Alejo on 23 abril 2009 at 7:17 pm

Hice esta pregunta en una mini encuesta en Facebook y lo primero que me dijeron fue, ¡pues morirte! después de eso, no hay nada. Y la verdad es que no quería verme tan trágica; estaba sólo buscando una excusa para contar que mi descalabro social iba en aumento desde que decidí ponerme unos pantalones anchos y unos zapatos altos, que se enredaron entre ellos e hicieron que cayera escaleras abajo estruendosamente al frente de la puerta de mi trabajo (cabe resaltar que hay mil oficinas alrededor y era la hora del almuerzo…)

Esto pasó hace algunos días y con todo lo que tuve que hacer, se me pasó contarlo.  Hoy vuelvo al borrador que había dejado con otro sentimiento: lo peor que te puede pasar no es morirte, es que los demás lo hagan primero. Mi abuela está enferma hace varios años y no le queda mucho tiempo. No pienso en ella, pienso en mi abuelo… en la soledad, en lo que te queda después, en lo que recordarás; pienso que a mis 26 años le tengo pánico al dolor de perder a alguien porque hasta ahora no he sabido lo que es eso y me empecino, como niña de pre-escolar, en asegurar que a mi mamá no le va a pasar lo mismo – yo tendría que vivir su mismo dolor: el de ver a su mamá desaparecer con los años.-

Al final pienso en mi papá, que ya pasó por esto y que en su peor época estoy segura que extrañó al suyo; en La Mona, que con poquitos años ya se despidió de dos amigas y en Nama, que sabe cómo y porqué se muere la gente y le toca pasar por eso a diario. 

No hay preparación que valga, ni discurso, ni palabras; ¿consuelo? Esto hay que vivirlo a palo seco.

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