Admitiré públicamente que El Amor En Los Tiempos Del Cólera es el libro que más trabajo me costó empezar. Soy una lectora entrenada, leo todo lo que pase por mis ojos y desde muy chiquita tengo la costumbre de comerme 50 hojas del libro que esté disponible en mi mesa de noche.
La historia de Florentino y Fermina se quedó guardada durante muchos años; no sé si por la confusión que me generaban tantos personajes o por la incredulidad de ese amor que duraría tantos años bajo esas condiciones. Algo adicional, las palabras cólera y epidemia se oían lejanas, como la típica fantasía de ahora que estoy enferma, dime que me amas (sí, sí, soy de la generación de el-amor-es-trágico firmado por Corín Tellado!).
Ahora, en tiempos de desidia (y de Influenza) las historias como ésta adquieren un nuevo sentido. Dejemos de lado el aburrimiento, démosle importancia al sentido de lo efímero: recibí un mail inesperado, de alguien que no debió haberlo hecho, sólo porque pensó que podía estar infectada (“¿Estás bien? Dime que no has tosido, ni tienes fiebre…”).
¿Para qué? Pero sobre todo, ¿por qué me afecta tanto? Sencillo; en el fondo tenemos el deseo infantil de la historia heroica en la que, cuando la tierra se parte en dos y estás a punto de caer por un barranco, llega Aquel a salvarte. En la superficie, sabes que nunca va a pasar, porque no hay situaciones tan extremas como para que, en serio, necesites una salvación… y entonces está la Influenza. Y te escriben pidiendo que les confirmes que todo está bien, que “se morirían si algo malo te pasara”.
-Pues no, no te mueras, no he tosido ni estornudado, y por favor no me distraigas… estoy disfrutando del aburrimiento típico de los que nos tocó vivir en este momento de claustro obligado, haciendo planes para que las cosas empiecen a pasar porque sí, sin causas fantásticas o trágicas, y entonces no me toque esperar a que sea vieja y las almendras se hagan amargas para que pasen por mi puerta.-