Esta mañana empecé el día leyendo 101 razones para amar Bogotá, el recuento de una inglesa sobre su agradable estancia en la ciudad en que nací.
Pues bien, a manera de reciprocidad, y porque creo que nada como una extranjera para ver las cosas buenas de un lugar, decidí enumerar todo aquello que me hace vivir feliz en el DF.
- Todo lo que digas es susceptible de convertirse en un chiste. Entender el albur fue el primer paso para reirme horas enteras sin parar.
- Los niños y los ancianos no estorban – por eso estaría dispuesta a criar una familia y envejecer aquí.
- Tienen el mejor zoológico de Latinoamérica, ¡gratis! Es increible ver pasar un bus detrás de la reja donde hay una hiena.
- Las variaciones gastronómicas nunca acaban. Hay tantas recetas como restaurantes, el que repite cualquiera de las dos es porque no ha caminado lo suficiente por la ciudad.
- Con un amigo (o amiga) mexicano te ganaste la lotería de por vida. El valor de la amistad es altamente entendido y practicado.
- Los mexicanos no tienen límites – piensan en grande: familias, negocios, planes, fiestas, ¡todo! Y además, siempre estás invitado a participar.
- Son amables, serviciales, generosos y empáticos. Se agradece que siempre estén dispuestos a ayudar al que lo necesite. (Para la muestra, Haití y su tragedia).
- Paseo de la Reforma, primera calle transitada cuando llegué. Cambian las flores de los andenes para cada temporada, al igual que las exposiciones de arte. Mi favorito: los alebrijes gigantes.
- No tienen prisa, hay tiempo y lugar para todo.
- El guayabo es para quién no quiere seguir la fiesta o no ha encontrado un buen lugar de tacos en la madrugada.
- En cada esquina hay un puesto de flores abierto, por lo general, hasta altas horas de la noche.
- La variedad de frutas y verduras en los supermercados es sorprendente.
- Los mercaditos y el queso Oaxaca
- San Ángel, los organilleros nostálgicos y los pájaros gitanos que revelan la suerte.
- La forma como viven y sienten la muerte (no es exclusivo del DF, pero es una de las cosas más reveladores de la cultura mexicana y por esa razón era inaceptable omitirlo).
- Los acentos, nacionalidades, razas y religiones que confluyen en la ciudad.
- La habilidad para hacer peinados en los salones de belleza y dejarte cual estrella de Televisa
- El pan dulce – que me he comido por los últimos 5 años sin remordimientos. ¡Ah! y el pastel de elote que vende el señor del carrito verde sobre Palmas.
- Las conversaciones con extraños – siempre hay una vecina, siguiente en la fila, “amiga” de salón, compañera de vestier, con la que puedes hablar trivialidades.
- Las bicicletas rojas y la moda de los ejecutivos de usarlas para ir a trabajar
- Siempre hay tiempo para comer, por más agitada que esté la agenda.
- Las invitaciones están a la orden del día – realmente no hay razones para quedarse en casa. Todo es un motivo para salir y verse con los amigos.
- Los hombres son muy caballerosos
- Las heladerías artesanales y sus sabores exóticos, zapote por ejemplo.
- La sopa de tortilla de Paxia (es mi preferida de por vida) y los tacos de camarón de Dulcinea
- Los mitos urbanos, como el de los gatos del Hospital Español.
- Lo poético de la calles: Paseo de la Amargura, por ejemplo. Puede que te pierdas, pero al menos, suena bonito.
- Las historias de los taxistas – una vez, uno de ellos me contó que compró una muñeca parecida a su mujer, para que nadie lo sacara a bailar cuando ella estaba cansada; “siempre fiel, eso fue lo que le dije”.
- El Castillo de Chapultepec, la vista, sus jardines y el tren.
- La cantidad de obras de teatro presentándose con funciones desde hace años.
Se me ocurren muchísimas más, que agregaré pronto. Mientras tanto, están invitados (como siempre) a sumar a la lista y ayudarme a llegar a las 101.