Estoy leyendo a Daniel Glattauer* y con cada carta que se mandan los protagonistas, me pregunto si su historia terminará bien o será, como siempre, un cuento que es bueno mientras dure.
Mi lado racional afirma que no se puede esperar más de dos personas que sólo se mandan mensajes (tweets, pins, correos: todo eso está incluido). Su lado opuesto -y complementario- quiere pensar que no hay nada más sincero, abierto y honesto que esas mismas dos personas que deciden contar su vida a un extraño a pesar de todo – y todos.
¿Alguna vez han conversado con alguien que no conocen? Yo sí, muchas veces. La primera fue divertida y no terminó nada bien; la segunda fue (y sigue siendo) casual, porque prometimos nunca vernos y en la tercera, acabé la comunicación unilateralmente porque asumí que la otra persona estaba pasando por demasiadas cosas, como para además lidiar con mis cartas.
No he terminado la segunda parte de la novela, Cada siete olas, y con la empatía que me caracteriza ya estoy sufriendo con el final que, creo, nos dará el autor. Me reflejo en ella y entiendo como se enamora de él; a él lo leo y juro que lo he visto en alguien más. A más de 200 hojas del final e intentando dejar el libro en la mesa de noche para ganar horas de sueño; pregunto ¿Cómo se supone que debe terminar una historia en la que los protagonistas se conocen únicamente por correo?
*Este post puede ser confuso si no han leido Contra el viento del norte. Entender esta entrada es la más insignificante de las razones por las que deben leerlo. La recomendación está hecha, si lo encuentran, no duden en comprarlo y después pasar a comentar sus impresiones. Las cartas entre los protagonistas son ágiles, divertidas, ingeniosas e irónicas.