El 2014 fue como uno de esos novios perfectos que se aparecen en la casa con flores. De esos que, si hubiera hecho una lista, cumpliría con todo lo básico requerido; haría chistes con mi papá, se llevaría muy bien con mis cuñados, entendería el humor de mi hermano, sería detallista con mi mamá, compartiría las vacaciones familiares y aportaría una conversación inteligente aunque ligera sólo para hacer pasar a los demás un buen rato. Tendría un buen trabajo, ganaría bien y sin pretensiones, mis amigas lo amarían. Es el típico personaje que aún teniéndolo todo, no lo querrías. Porque uno es así – encuentra el punto en la pared: “no sé, falta algo, creo que no somos tan compatibles”.

Fue duro, exigente, extenuante; como lo es siempre tratar de entender qué hay de malo en un año que vino con trabajo, bodas, viajes, oportunidades.

Y entenderlo fue parte del problema, sobre todo cuando la pasamos bien. Ahora ya no hay tiempo, es hora de decirle adiós y, como con ese novio perfecto, el script está hecho: “No eres tú, soy yo. Gracias por darme lo que necesitaba, no lo que quería. Gracias por decirme todos los días que el que pedalea no se cae”

A todos los que me leen, ¡Feliz 2015! Que la vida les traiga tanto valor como el que generen para otros.

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