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Hay una razón por la que me gusta cumplir años y crecer: entre más grande sea, más libre soy para hacer lo que realmente quiero.

Cuando somos niños dependemos de alguien (física y económicamente), estamos regidos por las reglas de la casa y el colegio, tenemos horarios, nos importa lo que piense el de al lado. En teoría, cuando crecemos, tenemos más flexibilidad para movernos a donde queramos, hacer lo que nos place, asumir riesgos, vivir de acuerdo a lo que esperamos del momento.

El problema viene cuando asumimos esa adultez como un check-list de cosas por cumplir, expectativas ajenas por llenar, exigencias personales creadas por no dejar; y añoramos la infancia como ese momento donde “nada importaba” –porque siempre es más verde el pasto del vecino y todo tiempo pasado fue mejor.

Todo eso que asumimos porque así lo quisimos – hubiéramos podido tener otra vida, al final nuestro presente no es otra cosa que la consecuencia de actos pasados –  debería ser una representación de celebración por los años vividos, la experiencia ganada, la libertad bien manejada, los sueños y satisfacciones cumplidos. Creo que si es todo lo contrario y añoras la infancia, adolescencia y otros tiempos, porque crees que “fueron mejores”, entonces hay decisiones que se tomaron y que no llegaron a un buen término.

Ese es mi caso ahora. Porque me gusta ser adulta y tener la libertad de hacer lo que me hace más feliz, sin depender de nada, ni de nadie, mucho menos de las necesidades absurdas que  creé, he decidido hacer ciertos cambios.

Voy a dormir más, hablar menos; me desconectaré por un rato. Dejaré los mensajes de texto para gastarme el plan de celular en llamadas. Ahorraré para ir a ver a los amigos que extraño y evitaré documentar mi vida, como si fuera un álbum público.

Esto que estoy viviendo ahora me trajo muy buenos resultados, momentos divertidos, gente increíble; pero como todos los formatos, se agotan con el tiempo.

Ha sido un placer estar por acá y saber que hay algunos constantes que me leen. Estoy segura que este blackout será sólo por un rato. Nos vemos luego.

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Entre un “puedo hacer lo quiera”…

… Y el consabido “la resaca me va a matar mañana, mejor evitémoslo“; aprendí que hay tres formas de cangrejear.

La primera es la que empieza con un poco de esperanza, porque hay buenos sentimientos de por medio y tienes la duda de que depronto la vez anterior no funcionó por un problema de disponibilidad, tiempo o coincidencias.

En la segunda ya sabes que nada tiene sentido, pero se vuelven a ver sólo para confirmarlo, porque quisieras con el corazón que fueran el uno para el otro y necesitas reforzar las razones por las que no lo son.

La tercera, la vencida, es aquella en la que amordazas al instinto, revisas mil veces los hechos, intentas callar las voces que gritan que no lo hagas y de todas maneras caes porque decides creer.

De las tres, la última es la peor porque no hay nada más estúpido que demostrarle a alguien que uno no aprende.

Extranjera

La dicotomía de ser de aquí y también de allá la abracé cuando asumí que lo que más me gusta en la vida es ser extranjera. Me la pasaba horas diciendo que no era una bogotana como las que se encuentran en la ciudad y definitivamente se nota que tampoco soy mexicana, por más que el acento haya cambiado.

En esta contradicción de lo que soy y en donde vivo, de cómo me criaron y lo que decidí ser, le encontré un sabor dulce y aparentemente único a la libertad de escoger lo que me gusta de cada uno de estos lugares y hacerlos mios. Eso me da derecho a mirar con ojos críticos a los colombianos y sus actitudes o a opinar sobre la política mexicana; de la misma manera con la que escucho sus himnos y me emocionan hasta el alma.

Así que con esto, sentada en un aeropuerto y después de muchos meses de no pisar Bogotá, dejaré de angustiarme por definir mi personalidad según la localización geográfica y crearé clichés propios para reemplazarlos por los que ya me sé; olvidaré lo que debió ser y lo que supuestamente me estoy perdiendo. Entenderé que el mundo es todavía muy grande – así digamos lo contrario- para aceptar una sola forma de ser.

Antes del 18 supe…

Que el olvido no discrimina. Una vez decides sacar a alguien de la cabeza, es posible que se vaya con un poco de tu atención hacia los detalles más triviales –llevar dos zapatos diferentes sin darte cuenta o perder las llaves. El lado interesante es que, si te permites no luchar contra eso, su presencia diaria y constante acaba por difuminarse.

También supe que hay una receta para acelerar el olvido y coser un corazón roto: basta con ir a dos conciertos donde puedas cantar con emoción lo que estás sintiendo; un fin de semana sin hablar para asimilar el dolor con todas sus aristas y, por último, un alma caritativa que escuche una y otra vez, sin juzgar, las miles de razones por las que esa historia no tuvo un final feliz.

En un ir y venir supe…

Que las verdades reveladas se construyen con el tiempo, pero se hacen presentes y visibles como un rayo, así en sacudida y de repente. Que tenemos la opción de abrir los oidos y escucharlas o hacer caso omiso, hasta que un día el movimiento sea tan fuerte que lo sientas como un “te lo dije” y tengas la necesidad de reaccionar, porque inevitablemente ya perdiste cualquier otra opción.

Además, que perseguimos la felicidad como si fueramos caballos detrás de una zanahoria, cuando ésta sólo llega en momentos de plenitud, atraída cuando somos quienes queremos.

Lo escribo para no olvidarlo y para que, pasado mi cumpleaños, pueda desarrollar estas ideas con alguna que otra historia.

De viernes a domingo, supe…

Que hay dos cosas para las que nadie es bueno: la autopromoción y las despedidas. Todo aquel que hace lo primero se ve arrogante y pretencioso. Todo el que se despide, no puede evitar caer en el cliché de las frases mil veces repetidas.

Si alguno de ustedes hace parte del alguien-que-todavía-no-conozco y sabe como manejar cualquiera de esas dos situaciones, le pido que levante la mano y me cuente cómo lo hizo.

(Ésta es la anotación personal No. 5)