Para Juliana

Hoy vamos a celebrar que la vida ha sido buena; que el amor y la tranquilidad pueden venir de la mano. Que la voluntad y las ganas son el mejor detonador de las historias por venir.

Vamos a bailar toda la noche porque las familias grandes siempre han sido “lo nuestro”, y este año somos 8 y no 6.

Cantaremos felices de saber que estamos juntos, que no importa el lugar donde vivimos ahora (o lo haremos en el futuro), siempre existirá la certeza de la cercanía.

Y al final, cuando la fiesta se acabe y todos se vayan a dormir, podré darte un abrazo y decirte que eres una princesa, y que no deseo nada diferente a los que ellas tienen: una vida de felicidad infinita junto a la persona que escogiste.

Para Juliana, mi hermana, con todos los buenos deseos.

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Para Ana María.

Hay que creer en el amor para que exista.

Hay que permitirle que te sorprenda un día.

Hay que pensar que puede ser posible querer a alguien tanto, como para ir juntos en cualquier camino, por más complicado que sea.

Y una vez que se encuentra ese amor, hay que decidir apostarlo todo con ilusión; acostumbrarse a hablar en plural y hacer planes que tengan sentido para dos.

Hay que dar espacio para el otro en el clóset, la agenda, los planes. Hay que encontrar canciones, espacios, puntos en común (y en discordia) que nos recuerden la razón de estar juntos cuando se olvide.

Pero sobre todo, hay que querer que ese amor funcione para que todo valga la pena.

A Ana María, mi hermana, a quien admiro profundamente. 

31

En unas horas cumplo 31 años y desde el lunes traigo la intensidad de una niña de 7. Sucede cada 2 de octubre y espero que así sea hasta el fin de los tiempos con el único objetivo de que cada año cuente su propia historia.

Desde que era muy chiquita me impresionaba oír a mi papá echando historias con fechas exactas. La imperiosa necesidad de querer imitarlo me cuestionaba si  sería capaz de recordar las anécdotas con detalles específicos cuando creciera. Para compensar la falta de esa habilidad que no heredé, decidí adjudicar tags a cada año con situaciones importantes en donde creo que el camino tomó un rumbo diferente.

La historia de los 30 trajo momentos de libertad y distancias recorridas, la ilusión de ser todopoderosa, nuevas categorías de definición, voluntades indomables (¿me han visto brava? Si es así, lo entenderán), amistades nuevas, viejas y de paso; la certeza de que lo quiero todo porque estoy dispuesta a recibirlo. Mañana llego con algunas arrugas, normales en quien hace caras y sonríe desde el corazón; segura, así el mundo diga lo contrario, que no hay nada mejor en la vida que bailar, y convencida de que para llegar lejos siempre es mejor hacerlo con alguien más.

Si este próximo año resulta levemente parecido al anterior, la historia que contaré cuando sea viejita será realmente divertida.

Como todos los años, agradezco infinitamente los buenos deseos y desde el fondo de mi alma, espero que tengan una vida tan feliz como ha sido la mía hasta hoy.

Los días que faltan.

Tengo una familia que mide el tiempo por los días que faltan para estar juntos y que cuando son muchos, decide inventar excusas para reunirse antes.

De todas las cosas por las que debo estar agradecida con la vida, esta se convierte en una de las más especiales; no sólo por la emotividad del gesto, sino porque explica muy bien lo que hasta ahora era complicado de definir: el amor que todo lo puede.

No me refiero a ese amor por el que muchas veces en su nombre, cometemos estupideces o al que sobreexplotamos en fechas especiales; me refiero a ese amor-todopoderoso que se creo para enseñarnos que hay algo más grande que nosotros mismos.

En esa declaración (Inventemos excusas para estar juntos) cabe todo lo que quiero para mí en un futuro: un amor deseado, donde el compromiso surja de  los pretextos para incluirnos en la vida del otro, en el que el mundo sea simplemente el lugar que compartimos y no una limitante, porque por más grande que sea, siempre encontraremos una forma de estar presentes. En resumen, un amor que trae el sí por delante.

(20) Razones (más) para amar el DF (II)

Hace mucho más de un año escribí algunas razones por las que era feliz viviendo en el DF. En ese entonces, hice la promesa de agregar otros items porque estaba segura  de que la lista era corta. Después de cumplir más de 6 años acá y seguir enamorada de esta ciudad al punto de considerarla propia, publico 20 motivos adicionales que espero disfruten.

  1. Las jacarandas. Mi amigo Daniel las mencionó en el post pasado, pero fue hasta esta primavera que supe qué es lo que más me gusta de verlas florecer: la gente se sorprende de su belleza y las admira cada año con la misma novedad.
  2. Las fiestas nacionales (culturales, religiosas, políticas etc.) – Siempre hay un motivo para celebrar con fervor y una excusa para dejar la dieta de lado cada mes.
  3. Las bibliotecas y librerías. Hace poco leí que El Péndulo en Polanco está considerada entre las librerías más importantes del mundo por su diseño. Si me preguntan, mi preferida es la Rosario Castellanos en La Condesa.
  4. La cantidad de rutas aéreas que llegan y salen del Aeropuerto Benito Juárez – hacen posible viajar a cualquier lugar del mundo, fácilmente.
  5. Los mil y un lugares donde venden buen mezcal.
  6. El ambiente de aceptación a los que piensan, actúan y se ven diferentes a la mayoría. Seguramente algunos me dirán que esto no es cierto, pero en los últimos meses muchos mexicanos me han demostrado su capacidad para respetar las decisiones de los demás.
  7. El Mercado de San Juan, perfecto para ir a comprar pescados frescos desde muy temprano.
  8. La Calle de las Lámparas en el Centro Histórico. En general, me gusta que el DF tiene calles especializadas en todo.
  9. La capacidad para hacer propio – mexicano – cualquier comida internacional. Creo que este es el único lugar donde se venden chiles toreados en un restaurante chino.
  10. Los conciertos – pagados, gratuitos, en foros pequeños o espacios enormes- que hay todas las semanas.
  11. El ponqué de cajeta de La Casita.
  12. La posibilidad de ir a cualquier hora a cine y encontrar boletos disponibles casi para todas las películas.
  13. La solidaridad con la que los mexicanos acompañan a aquellos que están sufriendo, tienen una pena de amor o han perdido a alguien.
  14. Lo cursi que se pone el ambiente cuando es 14 de febrero o Día de la Madre.
  15. Las casas en Coyoacán, La Roma, Las Lomas y San Ángel. De diferente arquitectura e igualmente soñadas.
  16. La Fonoteca Nacional: por el plan cultural y sus jardines.
  17. El remate de libros en el Auditorio Nacional y la felicidad de ver que no le cabe un alma. Si la gente no está leyendo, por lo menos tiene la intención y eso es un buen comienzo.
  18. Las exposiciones y conciertos que organizan en El Museo de Bellas Artes, La Sala Nezahualcóyotl y el Palacio Nacional. En general, me gusta mucho el interés que los mexicanos muestran por la cultura, sin importar de dónde provenga. Hay un público cautivo tanto para escuchar a la Sinfónica de Minería, la instalación de Raíces afuera del Museo Nacional de Arte como para ver un performance dentro de un centro comunitario en Tepito.
  19. Sobreviven todavía muchos cafés de esquina que guardan recetas de años y que exacerban el sentimiento local -casi cómodo- de pertenecer a una comunidad conocida, en una de las ciudades más grandes del mundo.
  20. La importancia de la cocina (el lugar físico y la comida) y todo lo que sucede alrededor de ella. Te hace sentir inmediatamente en casa.

Si tienen más razones que quieran sumar como en el post anterior, los comentarios serán bienvenidos.

Love, Live, Laugh

Las palabras que más me gustan empiezan con L:

Luciérnaga, luna, laberinto, lágrima, lagartija, ladronzuelo, lamparero, lánguida, lavanda, lechuga, lento, letargo, legendario, leyenda, librería, libertad, lingüístico, linóleo, lírico, litúrgico, Lucerna, lustro, lunareja.  

Dejando de lado su significado, me atraen por el sonido que producen sin esfuerzo al inicio. La “L”  – intenta decirlo lento y en voz alta- es de esas letras que exigen que la lengua roce levemente ese punto entre los dientes superiores y el paladar, sin necesidad de ser explosiva como la “T” (Intentando describir ese movimiento, supe un día que a esas consonantes se les llama laterales y/o alveolares). Además, es tímida; no recae en ella toda la atención y fácilmente podría confundirse con algunas otras del abecedario. A pesar de eso, hace posible cosas increibles, como dejarnos cantar cuando no sabemos la letra de una canción o, al repetirla, darnos una resonancia particular: cuando digo “lluvia” (y no <yuvia>) pienso en chocolate derretido esparcido en una mesa de mármol; brillante, liso, cremoso al punto.

Vuelvo al espejo y repito las palabras que me gustan; de nuevo bloqueo la imperiosa necesidad de la semántica e intento desmenuzar cada una a través únicamente del sonido que producen y la sensación que generan. Después pronuncio las formas varias como me llama la gente (todas empiezan con “L”), disfrutándolo. Es ahí cuando me doy cuenta que hay placeres sencillos en la vida como gozar la única palabra de la que no te puedes cansar y reconocer en ella la identidad de tu propio nombre.

Baila conmigo.

Hagamos un ejercicio juntos, en el que te imaginas todo lo que va a pasar en los próximos 4 ó 5 minutos.

Suena una caja marcando el ritmo y te das cuenta que mi pie lo sigue por debajo de la mesa. Me volteo hacia la pista, intentando que veas que muero por bailar, pero no quiero decírtelo. Pasan menos de 15 segundos, y por estar exhorta en los pasos de otros, no me doy cuenta que atravesaste unas cuantas mesas, para poner tu mano en mi hombro descubierto y pedirme que te acompañara.

Cuando llegamos a la pista, el piano ya nos ha dicho qué canción es y confieso emocionada que es una de mis favoritas. Pones tu mano en mi espalda baja, me acercas con determinación y siento un corrientazo tan intenso como corto. “Hueles muy bien”, a lo que yo responderé con la mejor sonrisa. En ese momento, me pierdo; acepto que no mandaré esta vez, por los próximos minutos, y me rendiré a lo que tu cadera decida. Ruego porque sí tengas ritmo, de lo contrario, me tocará ignorar la voluntad que marca mi oido, rezar para que la canción sea corta y seguir tus pies así no vayan con la música. Si es el caso, anotaré que tenemos que bailar más seguido, hasta que te acostumbres a dejarte guiar por la percusión.

Nos acomodamos perfectamente, tus pies entre los mios, dominantes. Decides empezar despacio y tranquilo, mientras que descubres que sí puedo dejarme llevar. En ese momento aprovecharé para enseñarte discretamente que es mejor bailar tan cerca como sea posible; llevando mi mano del hombro a tu espalda y asegurándome que se quede ahí por un tiempo.

Las trompetas aparecen, indicando que estamos justo en la parte más divertida. Damos algunas vueltas totalmente coordinados y cercanos, sintiendo que no hay mejor pareja en la pista que nosotros. Susurras algo imperceptible a lo que yo entornaré los ojos, sonriendo una vez más, segura de haberte dejado intrigado. La conversación vendrá después; por ahora mis brazos caen alrededor de tu cuello y los tuyos toman mi cintura, manejándome como si fuera liviana. Así me haces sentir, porque mis pies casi no han tocado el suelo y eres capaz de llevarme paseando por todo el salón, mientras me miras concentrado, sin querer parecerlo.

En el coro, canto (siempre lo hago) y paso las manos por mi pelo suelto, distrayéndote para soltarme. Sigo bailando, ahora sola, me volteo para darte la espalda y mirarte por encima del hombro, retadora. Por dos segundos, debes ver la forma para atrapar mi cadera de nuevo y hacer que te siga. Es un juego divertido en el que caes porque quieres. Sabes que volveré para abrazarte, porque las canciones como las novelas, deben terminar bien.

Ahora que ya te dije todo lo que va a pasar, arriésgate y baila conmigo la próxima vez que escuches cualquiera de estas canciones (o alguna otra parecida).

Razones para amar el DF

Esta mañana empecé el día leyendo 101 razones para amar Bogotá, el recuento de una inglesa sobre su agradable estancia en la ciudad en que nací.

Pues bien, a manera de reciprocidad, y porque creo que nada como una extranjera para ver las cosas buenas de un lugar, decidí enumerar todo aquello que me hace vivir feliz en el DF.

  1. Todo lo que digas es susceptible de convertirse en un chiste. Entender el albur fue el primer paso para reirme horas enteras sin parar.
  2. Los niños y los ancianos no estorban – por eso estaría dispuesta a criar una familia y envejecer aquí.
  3. Tienen el mejor zoológico de Latinoamérica, ¡gratis! Es increible ver pasar un bus detrás de la reja donde hay una hiena.
  4. Las variaciones gastronómicas nunca acaban. Hay tantas recetas como restaurantes, el que repite cualquiera de las dos es porque no ha caminado lo suficiente por la ciudad.
  5. Con un amigo (o amiga) mexicano te ganaste la lotería de por vida. El valor de la amistad es altamente entendido y practicado.
  6. Los mexicanos no tienen límites – piensan en grande: familias, negocios, planes, fiestas, ¡todo! Y además, siempre estás invitado a participar.
  7. Son amables, serviciales, generosos y empáticos. Se agradece que siempre estén dispuestos a ayudar al que lo necesite. (Para la muestra, Haití y su tragedia).
  8. Paseo de la Reforma, primera calle transitada cuando llegué. Cambian las flores de los andenes para cada temporada, al igual que las exposiciones de arte. Mi favorito: los alebrijes gigantes.
  9. No tienen prisa, hay tiempo y lugar para todo.
  10. El guayabo es para quién no quiere seguir la fiesta o no ha encontrado un buen lugar de tacos en la madrugada.
  11. En cada esquina hay un puesto de flores abierto, por lo general, hasta altas horas de la noche.
  12. La variedad de frutas y verduras en los supermercados es sorprendente.
  13. Los mercaditos y el queso Oaxaca
  14. San Ángel, los organilleros nostálgicos y los pájaros gitanos que revelan la suerte.
  15. La forma como viven y sienten la muerte (no es exclusivo del DF, pero es una de las cosas más reveladores de la cultura mexicana y por esa razón era inaceptable omitirlo).
  16. Los acentos, nacionalidades, razas y religiones que confluyen en la ciudad.
  17. La habilidad para hacer peinados en los salones de belleza y dejarte cual estrella de Televisa
  18. El pan dulce – que me he comido por los últimos 5 años sin remordimientos. ¡Ah! y el pastel de elote que vende el señor del carrito verde sobre Palmas.
  19. Las conversaciones con extraños – siempre hay una vecina, siguiente en la fila, “amiga” de salón, compañera de vestier, con la que puedes hablar trivialidades.
  20. Las bicicletas rojas y la moda de los ejecutivos de usarlas para ir a trabajar
  21. Siempre hay tiempo para comer, por más agitada que esté la agenda.
  22. Las invitaciones están a la orden del día – realmente no hay razones para quedarse en casa. Todo es un motivo para salir y verse con los amigos.
  23. Los hombres son muy caballerosos
  24. Las heladerías artesanales y sus sabores exóticos, zapote por ejemplo.
  25. La sopa de tortilla de Paxia (es mi preferida de por vida) y los tacos de camarón de Dulcinea
  26. Los mitos urbanos, como el de los gatos del Hospital Español.
  27. Lo poético de la calles: Paseo de la Amargura, por ejemplo. Puede que te pierdas, pero al menos, suena bonito.
  28. Las historias de los taxistas – una vez, uno de ellos me contó que compró una muñeca parecida a su mujer, para que nadie lo sacara a bailar cuando ella estaba cansada; “siempre fiel, eso fue lo que le dije”.
  29. El Castillo de Chapultepec, la vista, sus jardines y el tren.
  30. La cantidad de obras de teatro presentándose con funciones desde hace años.

Se me ocurren muchísimas más, que agregaré pronto. Mientras tanto, están invitados (como siempre) a sumar a la lista y ayudarme a llegar a las 101.

Strudel de Manzana

Organizo mi vida en cajitas mentales. No se espanten, soy todo menos psicorrígida; es sólo que pienso que hay cosas que uno debe guardar, porque pueden ser de utilidad en el futuro.  Mi  favorita es la que está marcada con “remedios para la felicidad inmediata” porque además de eficaz, es susceptible a ser compartida – lo que inmediatamente me otorga puntos en el cielo (Ya saben, el que reza y peca, empata!).

Para agrandar mi cajita, hice el ejercicio de mandar un mensaje para que lo completara quien lo leyera. Era simple, sólo tenían que decir en dónde se encontraba la felicidad y empecé por el ejemplo de una de mis hermanas a la que le encanta el Redoxón desde que vivíamos en la 134 con 13 (dirección en Bogotá, para el que esté perdido) y piensa que en una de esos frascos anaranjados está la dicha del día- porque sí, es capaz de terminárselos en menos de 24 horas.

Otras opciones que recibí y que pretendo agregar con sus debidas ediciones son:

  • Una pizza de mozzarella y albahaca – cuando te despiertas en la mañana (algo pasa durante la noche, porque al otro día sabe mejor).
  • Entrar a un OXXO – es la misma fascinación que tengo por las crayolas y colores nuevos, un poco inexplicable.  (esta es una aportación de mi otra hermana, que está feliz porque por fin va a tener esas tiendas en Colombia).
  • Volver a ver a alguien de hace mucho tiempo y que te reconozca y te sonría.

Ahora bien, hay otras muchas como “comer chocolate” que no las considero porque difícilmente se me olvidarían, hacen parte de la memoria colectiva,  entonces ¿para qué incluirlas? En cambio, las clásicas, las que vienen a continuación, me han acompañado durante mucho tiempo y son sólo un poco más originales. Sin más preámbulo, las presento:

  • Hacer una playlist con la música preferida (en mi caso funciona el reguetón) y bailar un rato antes de vestirse en la mañana.
  • Soltarse el pelo y dejar que el viento lo desordene mientras caminas en el pasto descalza.
  • Manejar sola, sin rumbo fijo, sobre todo si es en autopista.
  • Cocinar, pero hacerlo bien- Empiezas yendo al mercado, escogiendo los ingredientes, poniendo la mesa bonita, sacando las copas y toda la demás parafernalia.
  • Si ya andas por el mercado, buscar olores que te recuerden lugares que no has visitado en un tiempo. En mi caso, el olor a guayaba me lleva a la finca de mi abuelo donde pasaba todas mis vacaciones.
  • Flotar en la piscina. No me refiero a nadar, sino al básico hecho de explanarse como niña chiquita en el agua y dejar que el agua solamente cubra las orejas, mientras tu barriga se quema en el sol.
  • Comprar muchos M&Ms y comérselos por colores (eso también funciona con las berries, pones en una taza fresas, arándanos, moras y demás y te las comes una por una).
  • Dormir arrunchado en una cama grande, sin preocuparse por el tiempo.

La lista puede ser interminable, sólo escribo mis favoritos.  Como siempre, hay espacio para hacer de esta caja algo más grande, por lo que, si tienen una mejor idea, siéntanse con la confianza de compartirla- los créditos serán suyos-

Si se preguntan por el título de este post, piensen en la novicia rebelde.