Gracias por el promedio

Llevo semanas pensando en esa frase que asegura que somos el promedio de las cinco personas con las que más tiempo pasamos. Asumiendo que algo debe tener de cierta (no he leído los estudios aún), hice la lista de quiénes serían aquellas que influyen en mi día, forma de pensar y decisiones – tontas o totalmente profundas – con el único objetivo de saber si me gusta (o no) el promedio en el que me he convertido.

El proceso, por demás interesante, me dejó una respuesta y la necesidad de agradecer la generosidad con la que estos “frecuentes” han entrado a mi vida. Veo de lo que están hechos y me quedo con la ilusión de pensar que algo, aunque sea una milésima de lo que son, se coló por osmosis. Por ejemplo, la capacidad para solucionar los problemas sin pelear o la habilidad que tiene mi primera-persona-de-esta-lista para sacar lo mejor de los que se acercan y emocionarlos al punto de que todo lo que quiere, suceda. Estoy segura que a él le gustaría contagiarme de otras cosas, como su gusto por cierta música, y que dejara por un momento mis canciones preferidas (eso nunca pasará).

Hay quienes me enfrentan a la realidad porque se comportan como un espejo de lo que soy. A ellas les debo las reflexiones más intensas y las críticas más duras. Con ellas he aprendido a que es necesario tener gente cercana, amorosa y dulce, que te cante la tabla de vez en cuando; y que es mejor hacerlo rápido para poder pasar inmediatamente a conversaciones ociosas y divertidas que no dañen el rato.

También están otros que, con poco tiempo, son capaces de tejer una red de seguridad suficientemente fuerte que te motiva a saltar e intentar lo que sea. Son independientes, leales, ágiles, inteligentes; se amoldan a la necesidad del instante y dan lo que tienen por el bien de quienes los quieren. Estar con ellos es y será siempre una garantía de llenar el alma y el corazón de buenos momentos; alimentarse del mundo que han vivido y que comparten sin límite.

Como todo ejercicio, pensar en el promedio tiene otra cara. ¿Qué tanto habré dado para sumar a su lista personal? A todos con quienes paso la mayoría de mis días, espero que el tiempo juntos los haya beneficiado tanto como a mí. Si no es así, sepan que la cuenta está pendiente y que estaré feliz de completarla pronto.

Sacar la piedra

No estoy segura si es un colombianismo o es uno de esos conceptos (sic) que, como el origen de las arepas, nos disputamos en la región. Sin importar con qué acento venga, lo relevante está en la intensidad y el poder con el que se dice porque eso es lo que le da el significado.  Me atrevería a asegurar que esa frase es casi una onomatopeya de todo aquel que se molesta o le da una particular y sentida rabia.

Yo soy de esas que cuando se enoja, se le nota. A mí hay cosas que me enfurecen; y si hemos hablado alguna vez, esto no será una sorpresa. Una amiga lo mencionó en una llamada y ahí decidí que tal característica de mi personalidad merecía su propia lista.

Con ustedes, los 10 temas que me sacan la piedra con más frecuencia:

  1. Que me pidan que no pelee o que no me enoje. Inmediatamente me dan ganas de hacer todo lo contrario e incluir a la persona que lo dijo en el caldero.
  2. Que quieran discutir ciertos temas, no tengan argumentos suficientes y terminen gritando. Siempre he pensado que si hay que cazar peleas, toca ir bien armado.
  3. Las viejas bobas y sin gracia que dañan el ambiente. No se necesita ser súper inteligente, ni la más bonita; es más, muchas veces ni siquiera queremos que conversen. Con que hagan buena cara, es suficiente.
  4. Todo aquel que estorbe, no importa en qué ambiente sea.
  5. El/La que cree que te está haciendo un favor y se indigna cuando no le das las gracias.
  6. Los aduladores y lagartos.
  7. Las llamadas a las 12 de la noche de un número equivocado.
  8. Las filas eternas y larguísimas en el banco o supermercado porque sólo se está atendiendo en una caja. Cuando preguntas amablemente si pueden abrir otra, se niegan. En general, toda actitud burocrática o de oficina gubernamental del siglo pasado, me molesta.
  9. El drama en todos sus formatos y presentaciones.
  10. Llamar a cualquier call center. Esa es la única furia que expreso al final de la conversación porque ya aprendí que los pobres señores que contestan no tienen todas las respuestas a mis preguntas. Pelear con ellos sólo alimenta el mal genio y me hace perder el tiempo.

Como siempre, la lista está abierta a complementos, opiniones y desacuerdos.

Desahóguense con confianza en los comentarios.

Gloria

Pierdo algunos años cuando subo a un avión y vuelvo a ser esa adolescente promedio que imagina que a su lado se sentará el hombre más interesante de todo el aeropuerto. Justo ese al que las demás mujeres escanearon cuando anunciaron su fila y se presentó en el mostrador. La probabilidad de que eso suceda es menor si hay que viajar más millas (el avión es más grande, más asientos, en fin, hagan la cuenta). Por eso mismo cuando viajé a Colombia, sólo crucé los dedos y esperé que si no estaba ese personaje al lado, me tocara la silla del medio vacía.

Y así fue. Sólo que al lado de la silla vacía estaba Gloria, una señora con ganas de conversar. No le puedo poner el “Doña” antes del nombre porque me dijo que así le decían a su mamá y, ¿quién era ella para quitarle su lugar? Necesité unos pocos minutos para saber que tendría la mejor compañía durante las próximas horas de vuelo.

Después de preguntarme nombre y apellidos, saber de donde venía e identificar a mis abuelos, me contó la razón por la que estaba en México: El amor de ahora vive en Mérida. Lo conoció por un amigo en común que tiene un lugar de trova en el que coincidieron. Su relación la mantuvo en secreto un tiempo por sus hijas, no porque la criticaran, sino por una cuestión inexplicable. “¿Cómo les iba a decir que me escribía con un extraño? Yo sabía que teníamos algo pero no sabía cuando lo volvería a ver. A esta edad es complica’o decir estamos saliendo (como lo hacen ustedes) sin uno tener claro qué es. Así qué era mejor no contar”

Gloria creó una oficina de promoción de la cultura méxico-ecuatoriana, que organiza ferias del libro como principal actividad. Eso le permite viajar a México con frecuencia y, obviamente, ver a su novio. Cuando le pregunté porque no vivía con él su respuesta fue clara: “Ay mi’jita, de Cartagena me fui pa’ Ecuador porque me enamoré de un militar que bailaba bien. Eso fue suficiente pa’ que decidiera formar una familia. Tenía 19 y la idea de compartirlo todo era fascinante. Ahora con 78 tengo mi espacio y lo disfruto. Aprendí que al amor no hay que ponerle tantas condiciones, porque con el peso de esos sacrificios se muere. Él allá, yo acá; nos escribimos y nos vemos cuando podemos y así somos felices”. En ese momento nos anunciaron que aterrizaríamos en El Salvador y que no llegaríamos a nuestro destino por culpa de la tormenta. Sabiendo que la logística en el aeropuerto sería complicada y que probablemente no la volvería a ver, le pedí antes de pasar a migración que si podía escribir un poco de su historia. Sonriendo dijo que sí con una condición: debía enseñarle a usar Facebook para que por ahí fuéramos amigas. La noche fue complicada, llovió hasta el cansancio, no hubo luz y mucho menos Internet, así que me quedó pendiente la tarea. Hoy, después de más de un mes de haberla conocido, respondió por mail que había recibido las instrucciones para abrir su cuenta y que pronto seríamos amigas.

“Mi’jita, sólo le digo una cosa, lo baila’o nadie me lo quita. Lo baila’o literalmente hablando. Mi hija me regaño anoche por llegar de la Feria de Valladolid a las 2am y no haber dejado la maleta lista pa’ viajar. Le dije, hija, cada minuto bailado es una celebración de la suerte que tengo. A esta edad ya debería tener la cadera rota y el ánimo cansado; en cambio, tengo un novio que me toma de la mano y me dice palabras lindas al oído. Eso es lo que realmente importa. Acá entre las dos – dijo bajando la voz ese día en el avión- creo que eso es lo que me ha traído tantas cosas buenas; ¿haber encontrado el amor dos veces en una pista no es suficiente prueba?”

Ella no sabía a quien se lo decía. Por lo pronto, yo seguiré esperando que, como a Gloria, la dicha de aquella que baila me acompañe.

Es hora de volver.

Los que me conocen pueden decir que las cosas siempre son mejores cuando las cuento que cuando las vivo. Mis hermanas lo reconocen muy bien al verme haciendo caras y hablando sola; “¿En qué estás pensando?” y se ríen porque saben que estoy reviviendo algo con la misma intensidad que cuando sucedió.

Me pasa con las historias de amor, las peleas oficineras y las conversaciones de domingo; para mí, casi todo merece ser contado. La razón no cumple un ejercicio de socialización, ni siquiera por las ganas de grabarlo en la memoria; es sólo que hay muchas cosas sucediendo alrededor que necesitan escribirse para entenderse.

Así que esa es la razón de volver.

A partir de mañana, Luciana volverá a escribir los domingos.

[Introduce el título aquí]

Hay una razón por la que me gusta cumplir años y crecer: entre más grande sea, más libre soy para hacer lo que realmente quiero.

Cuando somos niños dependemos de alguien (física y económicamente), estamos regidos por las reglas de la casa y el colegio, tenemos horarios, nos importa lo que piense el de al lado. En teoría, cuando crecemos, tenemos más flexibilidad para movernos a donde queramos, hacer lo que nos place, asumir riesgos, vivir de acuerdo a lo que esperamos del momento.

El problema viene cuando asumimos esa adultez como un check-list de cosas por cumplir, expectativas ajenas por llenar, exigencias personales creadas por no dejar; y añoramos la infancia como ese momento donde “nada importaba” –porque siempre es más verde el pasto del vecino y todo tiempo pasado fue mejor.

Todo eso que asumimos porque así lo quisimos – hubiéramos podido tener otra vida, al final nuestro presente no es otra cosa que la consecuencia de actos pasados –  debería ser una representación de celebración por los años vividos, la experiencia ganada, la libertad bien manejada, los sueños y satisfacciones cumplidos. Creo que si es todo lo contrario y añoras la infancia, adolescencia y otros tiempos, porque crees que “fueron mejores”, entonces hay decisiones que se tomaron y que no llegaron a un buen término.

Ese es mi caso ahora. Porque me gusta ser adulta y tener la libertad de hacer lo que me hace más feliz, sin depender de nada, ni de nadie, mucho menos de las necesidades absurdas que  creé, he decidido hacer ciertos cambios.

Voy a dormir más, hablar menos; me desconectaré por un rato. Dejaré los mensajes de texto para gastarme el plan de celular en llamadas. Ahorraré para ir a ver a los amigos que extraño y evitaré documentar mi vida, como si fuera un álbum público.

Esto que estoy viviendo ahora me trajo muy buenos resultados, momentos divertidos, gente increíble; pero como todos los formatos, se agotan con el tiempo.

Ha sido un placer estar por acá y saber que hay algunos constantes que me leen. Estoy segura que este blackout será sólo por un rato. Nos vemos luego.

Los días que faltan.

Tengo una familia que mide el tiempo por los días que faltan para estar juntos y que cuando son muchos, decide inventar excusas para reunirse antes.

De todas las cosas por las que debo estar agradecida con la vida, esta se convierte en una de las más especiales; no sólo por la emotividad del gesto, sino porque explica muy bien lo que hasta ahora era complicado de definir: el amor que todo lo puede.

No me refiero a ese amor por el que muchas veces en su nombre, cometemos estupideces o al que sobreexplotamos en fechas especiales; me refiero a ese amor-todopoderoso que se creo para enseñarnos que hay algo más grande que nosotros mismos.

En esa declaración (Inventemos excusas para estar juntos) cabe todo lo que quiero para mí en un futuro: un amor deseado, donde el compromiso surja de  los pretextos para incluirnos en la vida del otro, en el que el mundo sea simplemente el lugar que compartimos y no una limitante, porque por más grande que sea, siempre encontraremos una forma de estar presentes. En resumen, un amor que trae el sí por delante.

En modo aleatorio.

Tengo muchas cosas en qué pensar últimamente y la verdad, estoy medio enredada. Más que medio: completamente enredada.

Así que facilitaré el proceso de entendimiento y me dedicaré únicamente a escribir lo que pasa por la cabeza; con el deseo (infantil) de que una vez estén puestas en algún lugar, mágicamente dejen de importar – o por lo menos, no me quiten más tiempo.

De esto se compone mi estambre mental:

  • ¿Por qué quisiéramos que los 30 fueron los nuevos 20? 
  • Si es cierto que lo que te choca te checa, tengo que dejar de quejarme de las tontas.
  • Eventualmente debo desarrollar un post sobre la incongruencia de los formatos actuales y nuestras formas de pensar. (Este artículo del New York Times es el culpable.)
  • ¿Por qué no siento ese nacionalismo típico de las personas que viven lejos de su país?
  • Todavía queda gente en el mundo (y de mi generación) que no se puede encontrar en Google. No sé si dar las gracias al cielo por eso o hacer cara de, “¿en qué mundo vives?”.
  • Creo que debo tratar de no dar tantas opiniones en eventos sociales. Es difícil hacer amigas de esta manera.
  • Llevo un año sin ver televisión y no me hace falta. Es más, verla en otras casas me desespera un poco, sobre todo por los comerciales.
  • Después de millones de años, sigo sin entender el “te llamo” que nunca llega.
  • Generalizar es adictivo. No se debe hacer. Pero hay veces que las circunstancias no te dejan en paz y te dan la razón de lo que secretamente piensas y no es políticamente correcto enunciar. Para eso, entre otras cosas, existen las hermanas; sólo con ellas generalizaré de ahora en adelante.

Creo que eso es todo. Los comentarios, como siempre, serán bienvenidos.

 

De despedirse y otras cuestiones del 2013

Hay mil formas de despedirse y hay otras tantas para lidiar con el hecho de saber que eres el que te quedas. De las dos opciones, sé que es mucho más facil emprender el camino que  ser el que arregla la casa después de la fiesta.

Los que se van están emocionados por lo que viene; los que se quedan extrañan por anticipado el espacio que quedará libre, los momentos que se dejarán de vivir, la cercanía que da contar los sucesos frívolos de todos los días. Si bien los que se van también sienten nostalgia (no estoy demeritando sus sentimientos, también lo he vivido), hay varias cosas por hacer y la adaptación exige tanto tiempo, que la sensación pasa a ser eso-que-llega-cuando-estás-desocupado durante el fin de semana.

Por eso escribo hoy: un síndrome dominguero más sentido que la cruda de una buena fiesta; ese sentimiento de “no hallarte” en ningún lado, tener rabia/sueño/melancolía/desasosiego por días y ni siquiera saber por qué. O si saberlo, pero evitando el tema porque te sientes infantil aceptando que todo esto se debe al que estaba en los números frecuentes. Y entonces llega el fin de semana, nuevos planes, gente diferente, conversaciones interesantes que hacen que extrañar al otro sea menos difícil.

Pensando en los que se fueron y luego de – por fin – empezar el año, llega la primera conciencia del 2013: el corazón sólo necesita tiempo para reacomodarse y aceptar que en los espacios que quedan vacíos las posibilidades son infinitas.

Entre un “puedo hacer lo quiera”…

… Y el consabido “la resaca me va a matar mañana, mejor evitémoslo“; aprendí que hay tres formas de cangrejear.

La primera es la que empieza con un poco de esperanza, porque hay buenos sentimientos de por medio y tienes la duda de que depronto la vez anterior no funcionó por un problema de disponibilidad, tiempo o coincidencias.

En la segunda ya sabes que nada tiene sentido, pero se vuelven a ver sólo para confirmarlo, porque quisieras con el corazón que fueran el uno para el otro y necesitas reforzar las razones por las que no lo son.

La tercera, la vencida, es aquella en la que amordazas al instinto, revisas mil veces los hechos, intentas callar las voces que gritan que no lo hagas y de todas maneras caes porque decides creer.

De las tres, la última es la peor porque no hay nada más estúpido que demostrarle a alguien que uno no aprende.

Keep calm and…

Angustia en tiempos navideños: muchos planes, poco tiempo, trabajo hasta el techo, ganas de estar en todas partes y pocas posibilidades de lograrlo, compromisos previos que se agendaron con antelación porque “ya casi es Navidad y seguro todo el mundo ya tiene cosas que hacer”.

Sí, ese es mi estado actual. Hasta ayer. Me di por vencida. No voy a lograrlo y no me importa.

La Navidad/Año Nuevo/Diciembre lo escogí hace muchos años como el tiempo para reconocer cuánto había crecido, visualizar los cambios hechos, definir los próximos y en resumen, saber si había hecho algo con mi vida; en otras palabras, encontrarle un apellido al año que lo marque para no olvidarlo.

A 8 días de diciembre, ya me perdí en el tráfico, los documentos y los deberes, que me mantienen ocupada y con un sentimiento de seguridad que me dice que estoy aprovechando el momento como mejor puedo.  Nada más falso.

Así que aquí hago un alto: hay cosas que realmente merecen mi atención en este momento y que no volverán a pasar; así que a ellas les dedicaré mi corazón y mi cabeza. Para lo demás (fiestas, buenos deseos, comidas, papeleos) tenemos todo el 2013.