Gloria

Pierdo algunos años cuando subo a un avión y vuelvo a ser esa adolescente promedio que imagina que a su lado se sentará el hombre más interesante de todo el aeropuerto. Justo ese al que las demás mujeres escanearon cuando anunciaron su fila y se presentó en el mostrador. La probabilidad de que eso suceda es menor si hay que viajar más millas (el avión es más grande, más asientos, en fin, hagan la cuenta). Por eso mismo cuando viajé a Colombia, sólo crucé los dedos y esperé que si no estaba ese personaje al lado, me tocara la silla del medio vacía.

Y así fue. Sólo que al lado de la silla vacía estaba Gloria, una señora con ganas de conversar. No le puedo poner el “Doña” antes del nombre porque me dijo que así le decían a su mamá y, ¿quién era ella para quitarle su lugar? Necesité unos pocos minutos para saber que tendría la mejor compañía durante las próximas horas de vuelo.

Después de preguntarme nombre y apellidos, saber de donde venía e identificar a mis abuelos, me contó la razón por la que estaba en México: El amor de ahora vive en Mérida. Lo conoció por un amigo en común que tiene un lugar de trova en el que coincidieron. Su relación la mantuvo en secreto un tiempo por sus hijas, no porque la criticaran, sino por una cuestión inexplicable. “¿Cómo les iba a decir que me escribía con un extraño? Yo sabía que teníamos algo pero no sabía cuando lo volvería a ver. A esta edad es complica’o decir estamos saliendo (como lo hacen ustedes) sin uno tener claro qué es. Así qué era mejor no contar”

Gloria creó una oficina de promoción de la cultura méxico-ecuatoriana, que organiza ferias del libro como principal actividad. Eso le permite viajar a México con frecuencia y, obviamente, ver a su novio. Cuando le pregunté porque no vivía con él su respuesta fue clara: “Ay mi’jita, de Cartagena me fui pa’ Ecuador porque me enamoré de un militar que bailaba bien. Eso fue suficiente pa’ que decidiera formar una familia. Tenía 19 y la idea de compartirlo todo era fascinante. Ahora con 78 tengo mi espacio y lo disfruto. Aprendí que al amor no hay que ponerle tantas condiciones, porque con el peso de esos sacrificios se muere. Él allá, yo acá; nos escribimos y nos vemos cuando podemos y así somos felices”. En ese momento nos anunciaron que aterrizaríamos en El Salvador y que no llegaríamos a nuestro destino por culpa de la tormenta. Sabiendo que la logística en el aeropuerto sería complicada y que probablemente no la volvería a ver, le pedí antes de pasar a migración que si podía escribir un poco de su historia. Sonriendo dijo que sí con una condición: debía enseñarle a usar Facebook para que por ahí fuéramos amigas. La noche fue complicada, llovió hasta el cansancio, no hubo luz y mucho menos Internet, así que me quedó pendiente la tarea. Hoy, después de más de un mes de haberla conocido, respondió por mail que había recibido las instrucciones para abrir su cuenta y que pronto seríamos amigas.

“Mi’jita, sólo le digo una cosa, lo baila’o nadie me lo quita. Lo baila’o literalmente hablando. Mi hija me regaño anoche por llegar de la Feria de Valladolid a las 2am y no haber dejado la maleta lista pa’ viajar. Le dije, hija, cada minuto bailado es una celebración de la suerte que tengo. A esta edad ya debería tener la cadera rota y el ánimo cansado; en cambio, tengo un novio que me toma de la mano y me dice palabras lindas al oído. Eso es lo que realmente importa. Acá entre las dos – dijo bajando la voz ese día en el avión- creo que eso es lo que me ha traído tantas cosas buenas; ¿haber encontrado el amor dos veces en una pista no es suficiente prueba?”

Ella no sabía a quien se lo decía. Por lo pronto, yo seguiré esperando que, como a Gloria, la dicha de aquella que baila me acompañe.

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Baila conmigo.

Hagamos un ejercicio juntos, en el que te imaginas todo lo que va a pasar en los próximos 4 ó 5 minutos.

Suena una caja marcando el ritmo y te das cuenta que mi pie lo sigue por debajo de la mesa. Me volteo hacia la pista, intentando que veas que muero por bailar, pero no quiero decírtelo. Pasan menos de 15 segundos, y por estar exhorta en los pasos de otros, no me doy cuenta que atravesaste unas cuantas mesas, para poner tu mano en mi hombro descubierto y pedirme que te acompañara.

Cuando llegamos a la pista, el piano ya nos ha dicho qué canción es y confieso emocionada que es una de mis favoritas. Pones tu mano en mi espalda baja, me acercas con determinación y siento un corrientazo tan intenso como corto. “Hueles muy bien”, a lo que yo responderé con la mejor sonrisa. En ese momento, me pierdo; acepto que no mandaré esta vez, por los próximos minutos, y me rendiré a lo que tu cadera decida. Ruego porque sí tengas ritmo, de lo contrario, me tocará ignorar la voluntad que marca mi oido, rezar para que la canción sea corta y seguir tus pies así no vayan con la música. Si es el caso, anotaré que tenemos que bailar más seguido, hasta que te acostumbres a dejarte guiar por la percusión.

Nos acomodamos perfectamente, tus pies entre los mios, dominantes. Decides empezar despacio y tranquilo, mientras que descubres que sí puedo dejarme llevar. En ese momento aprovecharé para enseñarte discretamente que es mejor bailar tan cerca como sea posible; llevando mi mano del hombro a tu espalda y asegurándome que se quede ahí por un tiempo.

Las trompetas aparecen, indicando que estamos justo en la parte más divertida. Damos algunas vueltas totalmente coordinados y cercanos, sintiendo que no hay mejor pareja en la pista que nosotros. Susurras algo imperceptible a lo que yo entornaré los ojos, sonriendo una vez más, segura de haberte dejado intrigado. La conversación vendrá después; por ahora mis brazos caen alrededor de tu cuello y los tuyos toman mi cintura, manejándome como si fuera liviana. Así me haces sentir, porque mis pies casi no han tocado el suelo y eres capaz de llevarme paseando por todo el salón, mientras me miras concentrado, sin querer parecerlo.

En el coro, canto (siempre lo hago) y paso las manos por mi pelo suelto, distrayéndote para soltarme. Sigo bailando, ahora sola, me volteo para darte la espalda y mirarte por encima del hombro, retadora. Por dos segundos, debes ver la forma para atrapar mi cadera de nuevo y hacer que te siga. Es un juego divertido en el que caes porque quieres. Sabes que volveré para abrazarte, porque las canciones como las novelas, deben terminar bien.

Ahora que ya te dije todo lo que va a pasar, arriésgate y baila conmigo la próxima vez que escuches cualquiera de estas canciones (o alguna otra parecida).

Hija de tigre

No hay hijo más parecido a su padre, que aquel que no lleva su apellido. La misma ley se cumple cuando te molesta algo de tu mamá: terminas inevitablemente pareciéndote a ella con los años.

Tenía un cuaderno hace tiempo en el que escribía todo lo que no quería llegar a ser cuando tuviera hijos, supuestamente. Vale la pena aclarar que sólo escribía cuando peleaba con mi mamá, consignando todas las “injusticias” de las que era “víctima” y jurando que bajo mi mano y palabra nadie “sufriría” como yo.

Un día, exasperada por un sin sentido, lancé una frase de señora que me hizo ir a buscar el cuaderno. Divertida, pensé que ya había llegado el momento en que todas las consignas se me regresarían así no tuviera hijos todavía. Organizando, me encontré otra versión, que definitivamente no se parece a la que recordaba. La letra era la de una niñita que, si bien peleaba con su mamá, pedía con todas sus ganas parecerse a ella.

“Si yo tuviera su encanto, esto no estaría pasando…”

“Si bailara como ella, el mundo se rendiría a mis pies”

“Es que ella si puede ponerse brava y yo no, porque no sé como…”

Hoy no bailo como ella, ni tengo su encanto y únicamente he perfeccionado ciertas situaciones en las que, de tajo, puedo enfadarme sin perder los estribos. Sin embargo, gracias a ella he aprendido a planear, a luchar por las cosas que valen la pena y a disfrutar los pequeños detalles. (Una cosa más, heredé su risa escandalosa y sincera). No sé que rayas del tigre adicionales me salgan con los años; pero si esto es con todo lo que me quedo, me doy por bien servida.

El cuaderno lo voy a guardar para que, cruzando los dedos, me recuerde que está bien que un día mis hijas no se quieran parecer a mí.