Entrada / Salida

Al momento de despedirme (por ahora, por un tiempo, por siempre) entendí el significado del límite de tiempo y lo definitivo. Nos la pasamos repitiendo mil millones de veces esa frase sobre el arrepentimiento de lo que no hacemos, que vivimos sólo una vez como justificación para hacer cualquier tontería y que la vida es corta – Y no lo es, piensen en todo lo que hicieron en los últimos 15 años – que al final desgastamos el valor de su significado.

También pude medir el peso del dolor, de ese hueco que no se va, de la necesidad de estar bien sin saber cómo.

Hasta que una mañana te levantas y no te importa si la vida será larga o corta porque ese día es lo único que realmente tienes; y justo ese día ves como todo vuelve a empezar. Nacen niños, llueve, hay florecitas desubicadas pensando que el verano es primavera. Si bien ese dolor no se parece a nada de lo que has sentido antes, si identificas lo que viene después: el sabor cómodamente conocido de volver a empezar.

Nos acostumbramos a que cada salida es también una entrada y vemos con tranquilidad que esa puerta siempre estará de vaivén.

 

 

Antes del 18 supe…

Que el olvido no discrimina. Una vez decides sacar a alguien de la cabeza, es posible que se vaya con un poco de tu atención hacia los detalles más triviales –llevar dos zapatos diferentes sin darte cuenta o perder las llaves. El lado interesante es que, si te permites no luchar contra eso, su presencia diaria y constante acaba por difuminarse.

También supe que hay una receta para acelerar el olvido y coser un corazón roto: basta con ir a dos conciertos donde puedas cantar con emoción lo que estás sintiendo; un fin de semana sin hablar para asimilar el dolor con todas sus aristas y, por último, un alma caritativa que escuche una y otra vez, sin juzgar, las miles de razones por las que esa historia no tuvo un final feliz.

Esta es una despedida

Querido,

Es hora. Tengo que decirte adios por mi propio bien. Ya conozco las consecuencias de no cerrar los ciclos adecuadamente y de todo el peso que genera no hacerlo en el momento correcto.

Llevo unos cuantos días manteniéndome ocupada tratando de no pensarte; actuando como la mujer madura y racional que creo que soy. ¡Y eso no sirvió pa’ nada! Porque aquí estoy, escribiéndote como la única via que encuentro para empezar el duelo y evitar que el dolor se convierta en sufrimiento.

Es probable que nunca leas esto y no me importa; demasiadas cosas por hacer, viajes pendientes, gente que necesita de tu atención, lo de siempre. Igual, tengo que darte las gracias por vivir un término de vida conmigo y acompañarme en este último set de cambios. Me divertí muchísimo, debo decírtelo y ponerle un poco de drama a esto hizo de nuestra historia la telenovela perfecta – colombiana eso sí; en las mexicanas, la protagonista siempre llora mucho, va maquillada y termina bien. Nada relacionado con lo que nosotros tendríamos por contar; sobre todo por lo freaky (¿fue la palabra que usaste?) del final. (¿Qué pretendías? No podíamos escoger nada tradicional si nunca lo fuimos. Es más, la teoría nos dejó claro que nunca debimos ser…).

Espero no haberte hecho daño; sé que la decisión fue precipitada y un poco absurda, pero conoces las razones por las que de ninguna manera esto habría funcionado. Lidiar con tu vida frenética era fácil; lo complicado fue entender que no te enamorarías de mí, así yo fuera perfecta para ti.

Es curioso. Siempre criticaste la responsabilidad que le daba a mi cabeza, “no puedes dejarle todas las resoluciones de la vida, cielo; un día esa inteligencia en la que tanto confías te va a traicionar”. Lo que nunca supusiste es que te haría caso, al tomar esta decisión por el sólo hecho de sentir que algo no estaba bien. Lo hice por ese dolor frecuente que se acumula entre las costillas y molesta, todos los días un poquito más.

Ahora no sé que siento, extrañarte me duele un poco. La cabeza, protegiéndome, te cita repitiendo que sólo habrá finales alternativos a lo que no me gusta, si busco lo que realmente quiero. Mi cabeza… ¿ves por qué sí puedo confiar en ella?

Así que hasta acá llegamos.

Enamórate de una colombiana, si eso es lo que quieres, y hazlo en serio. La vida es muy larga como para vivirla solo.

Un último beso,

Luciana de Cielo.

Cuéntame una mentira.

Las suposiciones, los sentimientos entre dos y el dolor.

En el discurso general, las personas dicen que prefieren saber la verdad de las cosas antes que vivir engañadas. En lo particular, creo que muy pocos podrían soportar la realidad tal cual fue (o es); sobre todo, si hay involucrados sentimientos o concepciones de quiénes somos y lo que queremos.

Creo que hay situaciones de las que no podemos salir sin sentirnos mal; no importa si nos cuentan la verdad al instante- sí, eres tú, no me gustas lo suficiente y te cambié por otra, por ejemplo – o si nos engañan un rato, te enteras que todo el mundo lo sabía y al final nos terminamos dando cuenta.

Si ésta es la circunstancia y tuviera que elegir entre esas dos opciones,  pediría una esquina: cuéntame una mentira tonta que insulte mi inteligencia. Así sabré que la verdad que quieres decirme me herirá (así no quieras), pero que tienes los suficientes pantalones para no involucrar a otros y hacerlos decidir por tí. El dolor lo manejaremos como una historia de dos. Como siempre debe ser.

[Inserte aquí su historia de amor]

No hay nada más fascinante que contar una historia de amor, así sea la de alguien más.

Los que pasan por acá se habrán dado cuenta que hay una categoría que se llama Cuentos de otros, donde pretendo -o por lo menos,  intento- agrupar todas las historias de amor reales que me sé. La idea es que no vivamos únicamente del romanticismo de las películas domingueras, sino que estas historias  nos confirmen la posibilidad de enamorarnos por lo menos una vez en la vida, sin el recurso de la protagonista estilo Cenicienta (aplica para los hombres, igualmente) tan usado en el tiempo. La explicación, para no repetirla, la pueden encontrar aquí.

Pues bien, esta categoría ha permanecido abandonada por algunos meses, porque no he encontrado historias con el permiso de contar. En mi opinión, quién encuentra el amor verdadero (que no es igual al eterno y con el que al final se casan) debería tener la obligación de compartirlo con los demás, en agradecimiento a la causalidad de la que fue parte; ¿Saben lo dificil que es encontrar a alguien así? ¿La probabilidad de toparse en el momento indicado? Nada en el mundo es gratis y son pocas las veces que se paga un precio justo. Así que acá pueden encontrar una ventana para pagar su peaje: si tienen una historia inspiradora, que crean que el mundo (de Luciana) deba saber por lo especial que es o fue, dejen un comentario abajo para poder contactarlos.

La idea es que nos podamos sentar a conversar un rato, así que sólo es necesario que me cuenten un resumen en el correo, para que después la desarrollemos juntos. Toda confidencialidad será guardada y los nombres, cambiados, si eso se requiere.

Estaré esperando sus historias.