Los días que faltan.

Tengo una familia que mide el tiempo por los días que faltan para estar juntos y que cuando son muchos, decide inventar excusas para reunirse antes.

De todas las cosas por las que debo estar agradecida con la vida, esta se convierte en una de las más especiales; no sólo por la emotividad del gesto, sino porque explica muy bien lo que hasta ahora era complicado de definir: el amor que todo lo puede.

No me refiero a ese amor por el que muchas veces en su nombre, cometemos estupideces o al que sobreexplotamos en fechas especiales; me refiero a ese amor-todopoderoso que se creo para enseñarnos que hay algo más grande que nosotros mismos.

En esa declaración (Inventemos excusas para estar juntos) cabe todo lo que quiero para mí en un futuro: un amor deseado, donde el compromiso surja de  los pretextos para incluirnos en la vida del otro, en el que el mundo sea simplemente el lugar que compartimos y no una limitante, porque por más grande que sea, siempre encontraremos una forma de estar presentes. En resumen, un amor que trae el sí por delante.

Entre un “puedo hacer lo quiera”…

… Y el consabido “la resaca me va a matar mañana, mejor evitémoslo“; aprendí que hay tres formas de cangrejear.

La primera es la que empieza con un poco de esperanza, porque hay buenos sentimientos de por medio y tienes la duda de que depronto la vez anterior no funcionó por un problema de disponibilidad, tiempo o coincidencias.

En la segunda ya sabes que nada tiene sentido, pero se vuelven a ver sólo para confirmarlo, porque quisieras con el corazón que fueran el uno para el otro y necesitas reforzar las razones por las que no lo son.

La tercera, la vencida, es aquella en la que amordazas al instinto, revisas mil veces los hechos, intentas callar las voces que gritan que no lo hagas y de todas maneras caes porque decides creer.

De las tres, la última es la peor porque no hay nada más estúpido que demostrarle a alguien que uno no aprende.

Keep calm and…

Angustia en tiempos navideños: muchos planes, poco tiempo, trabajo hasta el techo, ganas de estar en todas partes y pocas posibilidades de lograrlo, compromisos previos que se agendaron con antelación porque “ya casi es Navidad y seguro todo el mundo ya tiene cosas que hacer”.

Sí, ese es mi estado actual. Hasta ayer. Me di por vencida. No voy a lograrlo y no me importa.

La Navidad/Año Nuevo/Diciembre lo escogí hace muchos años como el tiempo para reconocer cuánto había crecido, visualizar los cambios hechos, definir los próximos y en resumen, saber si había hecho algo con mi vida; en otras palabras, encontrarle un apellido al año que lo marque para no olvidarlo.

A 8 días de diciembre, ya me perdí en el tráfico, los documentos y los deberes, que me mantienen ocupada y con un sentimiento de seguridad que me dice que estoy aprovechando el momento como mejor puedo.  Nada más falso.

Así que aquí hago un alto: hay cosas que realmente merecen mi atención en este momento y que no volverán a pasar; así que a ellas les dedicaré mi corazón y mi cabeza. Para lo demás (fiestas, buenos deseos, comidas, papeleos) tenemos todo el 2013.

La de hace 10 años.

Hay personas que saben intervenir en la temática semanal de otros; ese espacio donde todo lo que te rodea tiene el mismo mensaje y sabes que, de no ponerle atención, la vida se encargará de gritártelo hasta que le dediques dos minutos a pensarlo. Fue así como hace una semana, Diana, haciendo de catalizadora en mi propia temática, lanzó en el tráfico lo siguiente: “si te encontraras con la Lu de hace 10 años, ¿qué le dirías?”. Le contesté lo primero que me vino a la cabeza, para después encadenar una frase con otra y no poder dejar de pensar y hablar del tema. ¡Tantas cosas -desordenadas- que decirle!

Así que, querida Diana, si me encontrara con la Lu de 20 años ahora, con las ideas decantadas, le diría que todo hace sentido con el tiempo y que los momentos no tan agradables le servirán en el futuro para manejar situaciones complicadas. De todas maneras, de eso no habrá mucho porque la vida será generosa y le regalaré 10 años de felicidad en una ciudad que sentirá propia, con amigos diversos y cercanos al corazón. 

Estoy segura que de contarle que eventualmente llegaría a verse como lo pensó – en una sala grande, exponiendo estrategias, con gente atenta- se alegraría mucho. Y es que teníamos ese sueño desde los 17 y no veíamos la hora de crecer y de hacer que lo que pensábamos valiera la pena. Tendría que avisarle que a los 30 me siento grande, pero no me veo tanto y eso creo que la decepcionaría un poco. 

Si esa Lu estuviera frente a mí, sabría, sin decirle una sola palabra, que todavía no ha llegado una historia de amor definitiva; y antes de que saltara a cualquier conclusión, sin contarle muchos detalles, me tomaría el tiempo para que supiera que las historias que vienen para ella serán increíbles. Que no fueran los hombres de la vida, no significa que no fueran personas lindas y encantadoras. Eso me llevaría a que supiera que el amor será un tema constante (e intenso) de lo que hablará casi todo el tiempo. 

Le pediría que recordara muy bien esas clases de Lectura, Escritura y Filosofía de la Cultura en la universidad, porque después será muy complicado desenterrar esos conceptos que tanto me sirven ahora y que hubiera estado bien tenerlos más presentes. 

Por último, le diría que lo mejor está por venir, para ella y para mí y que es momento de vivir lo que hay con quién está cerca, porque la nostalgia, si la dejas, gana terreno por minuto; que así como ella es feliz a los 20, también será feliz a los 30 y que estoy segura que si nos encontráramos con la Lu de los 40, vendría a decirnos exactamente lo mismo.

Así que habiendo administrado mi temática de la semana, me preparo para celebrar una edad que esperé por algún tiempo, dándole las gracias a la vida por todo lo bueno que me ha pasado y con la tarea firme de establecer una visión de mí para los próximos 10 años.

Como cada 2 de octubre, si pasan por acá, lancen un buen deseo al aire para que lo que venga sea igual de maravilloso a lo que ya fue. Prometo corresponderles cuando llegue el momento.